“Este es mi abdomen después de dos embarazos. Me llevó mucho tiempo atreverme a mostrarlo; y aún más dejar de avergonzarme de él.” 🩷 Era un martes de enero por la mañana. Estaba de pie sobre la báscula del baño —a veces por valentía, a veces por una especie de masoquismo que no siempre sé distinguir. Apareció el número. Lo miré. Y luego miré mi abdomen. No el número. Mi abdomen. Esa piel suave con estrías y flacidez que quedó después de mi segundo embarazo. Durante años la ignoré, la combatí e intenté aceptarla, sin lograrlo del todo. Me puse los vaqueros, fui a la cocina y me hice un café. Me llamo Lucía Fernández, tengo 43 años y vivo en Arequipa, Perú Tengo dos hijos, de 9 y 12 años. Sanos, felices e indiferentes a cómo luce el cuerpo de su madre. Pero yo no lo era. Pensaba en ello cada día. No de forma obsesiva —al menos ya no. Pero ese abdomen siempre estaba ahí. Al vestirme, intentando cubrirlo. En la piscina, sosteniendo la toalla para ocultarlo. En las revisiones médicas, evitando mirarme en el espejo. Probé de todo: gimnasio, nutricionista, entrenamientos online, dietas, incluso tratamientos estéticos, pero nada cambió realmente las cosas. El problema no era no haberlo intentado. El problema era que, después de cada intento fallido, empezaba a creer que simplemente era parte de mí. Hasta que un día me detuve en un centro comercial del centro de Madrid. Entré. Me quedé frente a unos shorts moldeadores mirándolos. Siempre los había evitado, porque sentía que era admitir la derrota. Una dependienta se acercó, de unos cincuenta años, con una sonrisa tranquila. “¿Puedo ayudarte en algo?” Señalé los shorts. “Honestamente, no sé qué estoy buscando.” Asintió, como si fuera la respuesta más normal del mundo. Me enseñó un modelo y dijo: “Muchas mujeres eligen estos.” Sonreí un poco. “Suena como otra promesa más.” Ella también sonrió. “Yo pensaba lo mismo.” Y añadió: “Pero los uso desde hace cuatro meses.” Los compré. En casa me puse frente al espejo. Y esta vez miré de verdad mi cuerpo. Las estrías. La piel flácida. La zona suave bajo el ombligo. Ese lugar que nunca volverá a ser como antes de los hijos. Pensé: este es mi cuerpo. Ha dado vida a dos niños. Y durante años lo traté como un error. Me puse los shorts y puse un temporizador de 5 minutos. Los primeros dos minutos, nada. Después, un calor suave y uniforme en la zona de la cintura, el abdomen, las caderas y los muslos. No era molesto. Era calmante. A los cinco minutos, terminó. En los días siguientes empecé a notar pequeños cambios: dormía mejor, me sentía más ligera, los vaqueros me quedaban más cómodos. Una amiga me dijo: “te ves diferente”, no más delgada, sino más tranquila. Semanas después, la báscula bajó un poco, pero eso no era lo importante. Lo importante fue una mañana cualquiera, frente al espejo. Esta vez no pensé: esto es un problema. Pensé: “Así soy yo.” Sin drama. Sin lucha. Solo aceptación. Y eso fue suficiente. — Lucía Fernández 43 años, Arequipa, Perú
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