El día de mi boda, mi prometido me dejó plantada. Entonces acepté casarme con un desconocido: guapo, caballeroso… y desesperado por conseguir una esposa. En la misma noche, el canalla llamó, furioso. — ¿No podías haber dejado la boda para otro día? ¿Tenías que montar ese drama y ni siquiera volver a casa? El hombre encima de mí aceleró los movimientos, arrancándome un gemido, y susurró, con la respiración entrecortada: — ¿Lo has oído? Tu prometida y yo estamos ocupados en nuestra noche de bodas. — Finge ser mi esposa… y cásate conmigo. El sonido de la lluvia golpeando el techo del coche era lo único que rompía el silencio sepulcral en el interior de la limusina. Lucía Flores estaba sentada en el borde del asiento de piel color crema, tratando inútilmente de no mojar la tapicería con su vestido de novia empapado. El agua fría le calaba los huesos, pero el temblor de sus manos no era solo por el frío. Era por el hombre sentado frente a ella. Alexander de la Vega la observaba con la misma atención clínica con la que un depredador evalúa a una presa herida. No había lástima en su mirada, solo cálculo. Le había ofrecido una toalla seca que sacó de un compartimento oculto, y ahora esperaba a que ella dejara de tiritar para hablar de negocios. Diez minutos antes, Lucía estaba afuera de la iglesia, con su vestido de novia rebajado empapado por la lluvia. Acababa de presenciar a su novio intercambiar votos con Victoria, una rica heredera. Había trabajado incansablemente para él, ahorrado para su matrícula y comido las sobras para financiar sus estudios. Ahora, del brazo de una novia con un vestido vaporoso, comentó con naturalidad. —¿De verdad creías que me casaría con una pobre como tú? Se acurrucó en la acera mojada y fría, con lágrimas corriendo por su rostro, y la música de fondo era una marcha nupcial que no tenía nada que ver con ella. En ese momento, un coche negro, largo y lujoso, se detiene frente a la iglesia. Los faros cortan la oscuridad de la tormenta. Alexander tiene prisa. Tiene las horas contadas. Debe estar casado antes de las doce de la noche o perderá el control de la empresa familiar y la herencia de su abuelo. Ha venido a esta iglesia buscando un milagro, una señal. Y así fue como se encontraron. Dentro del coche. — Bebé esto —ordenó él, extendiéndole un vaso de cristal con un líquido ámbar. Lucía lo tomó con dedos torpes. — ¿Qué es? — Brandy. Te ayudará a entrar en calor. Lo necesitas si quieres prestar atención a lo que voy a decirte. Lucía bebió un sorbo. El líquido le quemó la garganta, pero el calor se expandió rápidamente por su pech0. — Bien —dijo Alexander, dejando su propio vaso sobre una mesita lateral—. No tenemos mucho tiempo, Lucía. Tengo que estar casado antes de medianoche. Así que seré directo. Él se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. Su aura de poder llenaba el espacio reducido del vehículo. — Esto es un negocio. Nada más. Tú necesitas... bueno, a juzgar por tu situación, necesitas todo. Y yo necesito un acta de matrimonio. — ¿Por qué? —preguntó ella. — Porque mi abuelo, el dueño de todo lo que ves y de lo que no ves, puso una cláusula muy específica en su testamento. Debo ser un hombre "estable y de familia" para heredar el control total del conglomerado. —Alexander hizo una mueca de disgusto al pronunciar esas palabras—. Irónicamente, ahora él está fuera de juego, pero sus abogados no. — ¿Fuera de juego? — Está en coma —aclaró Alexander con frialdad—. Sufrió un derrame hace unas semanas. Los médicos no son optimistas, pero legalmente sigue siendo el presidente de la compañía. Si no me caso hoy, fecha límite que él estipuló hace un año, el control pasa a una junta directiva de buitres que desmantelará la empresa en meses. Lucía bajó la mirada al vaso que sostenía. Un hombre en coma. Un nieto desesperado. — Ojalá se despierte pronto —murmuró ella. Y lo dijo de corazón. Sabía lo que era perder a la familia, sabía lo que era la ausencia. No le deseaba la muerte a nadie, ni siquiera al abuelo de este hombre arrogante. Alexander la miró, buscando algún rastro de sarcasmo o adulación, pero solo encontró honestidad en sus ojos verdes. Eso lo desconcertó un segundo. Recuperó la compostura rápidamente. —Pero vamos a las condiciones. Si aceptas, firmaremos dos documentos ahora mismo. El acta de matrimonio civil y un contrato prenupcial y de confidencialidad muy estricto. — ¿Condiciones? — La principal es la duración —explicó Alexander, enumerando con los dedos—. No nos podemos divorciar hasta que mi abuelo me ceda el control total de la empresa y la herencia esté legalmente a mi nombre. — ¿Y eso... como en cuánto tiempo será? —preguntó Lucía. La idea de estar atada a un desconocido le daba vértigo. — No lo sé. Pueden ser meses. Pueden ser años. Depende de si despierta o... si fallece. —Alexander lo dijo sin pestañear—. Hasta entonces, serás la Señora De la Vega ante la ley. Lucía asintió lentamente. No tenía a dónde ir. El apartamento que compartía con Fernando ya no era su hogar; No tenía dinero; se lo había gastado todo en la boda y en los estudios de él. — Además del tiempo, hay reglas de convivencia —continuó Alexander, sacando una carpeta de cuero negro de su maletín—. Quiero que entiendas que esto será un matrimonio solo de papel. Una fachada. No compartiremos casa, ni cuarto, ni cama. Al escuchar eso, Lucía sintió un alivio inmenso. El miedo a que él esperara "derechos conyugales" se disipó. —Pero mi intención es mantenerte oculta. Será mejor que no te presente a la prensa. — Me parece bien —respondió Lucía. No tenía ningún interés en ser famosa ni en conocer a gente rica que la miraría por encima del hombro, tal como lo había hecho Victoria Navarro en la iglesia. Alexander la observó. Lucía no tenía idea de quién era él. Para ella, él era solo un traje caro y una billetera abultada. Eso le gustaba. Las mujeres que sabían quién era Alexander de la Vega solían fingir desinterés mientras calculaban los cerros de su cuenta bancaria. Lucía parecía genuinamente ajena a su mundo. — ¿Conoceré a tu familia algún día? —preguntó ella, solo por curiosidad. — Probablemente no. Solo si es estrictamente necesario, como ya dije. ¿Y tu familia? —preguntó él, con el bolígrafo suspendido sobre el papel—. ¿Tendré que lidiar con un padre celoso o hermanos buscando empleo? — No —dijo Lucía con voz firme, levantando la barbilla—. Soy huérfana. Crecí en un orfanato. No tengo a nadie. Alexander asintió. Perfecto, pensó. Sin lazos, sin dramas, sin suegros. La candidata ideal había caído del cielo, literalmente. — Bien. Hablemos de tu compensación. —Alexander adoptó su tono más profesional—. No trabajo gratis y no espero que tú lo hagas. A cambio de tu firma y tu tiempo, te daré una casa. Tengo una propiedad en la zona norte. Es modesta para mis estándares, pero confortable. La pondré a tu nombre inmediatamente. Será tuya, pase lo que pase con nosotros. — Y te daré una cantidad de dinero todos los meses. Una suma más que suficiente para que vivas cómodamente sin tener que trabajar si no quieres. Lucía miró por la ventana empañada. El dinero era tentador, sí. Pero ella no quería ser una mantenida. Fernando la había usado y luego descartado porque ella se había quedado estancada mientras él avanzaba. No volvería a cometer ese error. Ella tenía un sueño. — ¿Hay algo que desees en particular? —preguntó Alexander, sacándola de sus pensamientos—. ¿Un coche? ¿Joyas? ¿Viajes? Pide ahora, Lucía. Soy un hombre generoso cuando se trata de cerrar tratos. Lucía se giró y lo miró a los ojos. En ese momento, Alexander vio por primera vez el acero detrás de la tristeza de la chica. — Quiero estudiar —dijo ella—. Quiero estudiar la carrera de Veterinaria. Alexander arqueó una ceja, sorprendido. — ¿Eso es todo? ¿Veterinaria? — Sí. Fernando... mi prometido... —la palabra se le atragantó, amarga—, él estudió Derecho con mi ayuda. Yo pospuse mi carrera por él. No quiero joyas, Alexander. Quiero un título. Quiero ser alguien por mí misma. Alexander sintió una pizca de respeto. Era una petición inteligente. Las joyas se pierden, el dinero se gasta, pero un título y el conocimiento eran suyos para siempre. — Hecho —dijo él sin dudarlo—. Damián se encargará. — ¿Damián? — Mi hombre de confianza. Él está conduciendo ahora. —Alexander señaló hacia la cabina del conductor, separada por un cristal oscuro—. Damián Rossi se encargará de matricularte y pagarte toda la carrera en una de las mejores universidades del país. Libros, materiales, especializaciones... todo corre por mi cuenta. De ti depende si terminas o no la carrera. Yo pongo los medios, tú pones el esfuerzo. — Me parece justo. — Si llegaras a ocupar algo —añadió Alexander, volviendo a mirar los papeles—, puedes comunicarte con él. De hecho, cualquier asunto, problema con la casa, o necesidad médica, lo hablas directamente con Damián. Él es mi intermediario. — ¿No hablaré contigo? — No. —Alexander fue tajante—. No habrá contacto entre nosotros. Yo tengo mi vida, mis negocios y... mis asuntos privados. Tú tendrás la tuya. No te pediré fidelidad, Lucía, porque no es un matrimonio real. Alexander pensó en agregar una cláusula de discreción. Él no pensaba ser fiel; su vida de soltero codiciado no iba a detenerse por un papel. Pero tampoco quería que Lucía apareciera en las portadas de revistas baratas con tres novios diferentes. — Sin embargo —aclaró—, le diré a mi abogado que agregue una cláusula de discreción en el contrato de confidencialidad que te llegará mañana. Haz lo que quieras, con quien quieras, pero que sea privado. No me avergüences. Si sales con alguien, que no se enteren las cámaras. ¿Entendido? — No tengo intención de salir con nadie —respondió Lucía con amargura—. Creo que he tenido suficiente de los hombres por una vida entera. — Mejor así —dijo él, indiferente. Pero sabía que Lucia era joven y ahora solo estaba lastimada. En unos años cambiaría de opinión y debería de estar protegido. Alexander extendió el contrato sobre la pequeña mesa de nogal desplegable. Le tendió una pluma estilográfica de oro y laca negra. — Firma aquí, aquí y aquí. Lucía tomó la pluma. Pesaba. Se quedó mirando las líneas negras del texto legal. Palabras como "bienes separados", "duración indefinida", "cesión de derechos". Por un momento, se preguntó dónde estaba la trampa. Parecía demasiado fácil. Miró a Alexander. Él no la estaba salvando por bondad. La estaba usando. Pero ella también lo estaba usando a él. Era un intercambio justo. Dos náufragos aferrándose a la misma tabla por razones diferentes. — ¿Estás de acuerdo? —preguntó él, impaciente, mirando su reloj. Faltaban cuarenta minutos para la medianoche. Lucía respiró hondo, tragándose el miedo y la nostalgia de la vida que pensó que tendría. Esa vida había muerto. — Sí —dijo con firmeza—. Estoy de acuerdo. La pluma rasgó el papel. Lucía Flores. Con ese trazo, vendió su libertad y compró su futuro. Alexander tomó los papeles rápidamente, verificó las firmas y suspiró con alivio evidente. Guardó todo en la carpeta y golpeó el cristal divisorio con los nudillos dos veces. El coche arrancó con suavidad, deslizándose por la carretera mojada. — Bienvenida a la familia, esposa —dijo Alexander, sirviéndose otro trago y mirando su móvil, olvidándose de ella al instante. Lucía se recostó en el asiento, mirando las luces de la ciudad pasar borrosas por la lluvia. No se sentía una esposa. Se sentía como una sobreviviente. ... Han pasado diez años. Tal como lo habían acordado, desde aquella tarde lluviosa en la que ambos firmaron un contrato matrimonial por desesperación y despecho, no volvieron a verse en diez años, como dos líneas paralelas. En el ático del edificio De la Vega Tower, el silencio es casi absoluto. Alexander de la Vega está de pie junto a la ventana, desn^do de la cint^ra para arriba, con un vaso de whisky añejo en la mano. Observa las luces de la ciudad con la misma indiferencia con la que observa todo últimamente. Tiene casi cuarenta años, y el mundo lo considera un dios financiero, intocable e invencible. Pero por dentro se siente vacío, sin nada que realmente lo llene. Detrás de él, en la inmensa c@ma, las sábanas se mueven. Constanza se estira con la pereza de un gato satisfecho. Es la nueva directora de marketing de VegaCorp. Una mujer despampanante, inteligente sobre el papel, pero tremendamente obvia en sus intenciones. Entró en la empresa hace tres meses con un objetivo claro: no aumentar las ventas, sino conquistar al hombre inconquistable. Alexander toma un trago largo de whisky. El líquido ambarino le quema la garganta, pero no lo suficiente para borrar la sensación de aburrimiento. Han compartido un par de noches, y la novedad ya se ha evaporado. Constanza no es mala en la cama, pero es predecible. Y en el trabajo, sus ideas son mediocres. Alexander detesta la mediocridad. — ¿En qué piensas? —la voz de ella es ronca, intentando sonar seductora. Alexander no se gira. — En el cierre del mercado asiático. Es mentira. Está pensando en que mañana a primera hora llamará a Damián Rossi. Damián es su sombra, su jefe de seguridad, su chófer y el único hombre en quien confía ciegamente para limpiar su "basura". Le dará la orden escueta: "Despide a Constanza. Liquídala con una indemnización generosa para que no hable y busca a alguien competente para el área de Marketing. Alguien que trabaje, no que busque marido". Siente unos brazos delgados rodearle la cint^ra desde atrás. Constanza se pega a su espalda desn^da. No lleva nada puesto, y su piel está caliente, pero a Alexander le provoca la misma reacción que si le tocara un mueble. — Hoy me he enterado de algo que me dejó en shock —susurra ella cerca de su oído, trazando círculos en su pech0 con las uñas. Alexander arquea una ceja. — ¿De qué te enteraste? —pregunta, siguiéndole el juego con voz monótona. — De que eres un hombre casado. El silencio se estira en la habitación. Alexander no se tensa, no se inmuta. Simplemente, da otro sorbo a su bebida. — ¿Y eso te sorprende? Es información pública. Aunque la prensa ya no hable de ello. — Sí, pero... —ella se separa un poco para mirarlo a la cara, buscando una reacción—. Mantienes oculta a tu esposa. Nunca nadie la ha visto. Ni siquiera en las galas benéficas. Dicen que vive fuera del país, o que es una inválida, o que simplemente la odias. Alexander suelta una risa corta, carente de humor. — La gente tiene mucha imaginación. La verdad es mucho más simple y, a la vez, más compleja. Alexander lleva años sin ver a Lucía. Desde la firma del contrato definitivo, al día siguiente de aquella boda fallida, sus vidas han corrido por carriles paralelos que nunca se tocan. Tienen un acuerdo blindado. Ella recibe una mensualidad, él paga sus estudios (o los pagó, supone que ya habrá terminado hace mucho) y ella le da lo que él más valora: silencio y estatus legal de casado. Nunca ha llamado para pedir más dinero. Nunca ha vendido una historia a las revistas. Nunca ha aparecido borracha en su oficina. Es la socia perfecta. — Hasta yo mismo olvido que soy un hombre casado por momentos —admite él, y es la primera verdad que dice en toda la noche. Constanza se envalentona. — ¿Y por qué no te divorcias? —pregunta, con ese tono inocente que oculta una ambición feroz—. Eres joven, rico... podrías estar con quien quisieras. La mirada de Alexander se endurece. Se suelta del agarre de ella con suavidad pero con firmeza y camina hacia la mesita de noche para dejar el vaso. — No es algo que te interese, Constanza. — Pero... — No. Es. Asunto. Tuyo. No puede divorciarse. Es la cláusula de hierro. Su abuelo, el patriarca Don Augusto de la Vega, sufrió un derrame cerebral masivo poco antes de la boda. Desde entonces, está en coma, conectado a máquinas que lo mantienen en un limbo entre la vida y la muerte en una clínica privada de alta seguridad. El testamento es claro: Alexander tendrá el control total de las acciones y la propiedad absoluta del imperio solo si permanece casado hasta la muerte natural del abuelo o hasta que este despierte y decida lo contrario. Si se divorcia mientras el anciano respira, pierde el 51% de la compañía en favor de una junta directiva llena de buitres. Alexander no va a perder lo que es suyo por un trámite legal. Así que Lucía sigue siendo su esposa. Una esposa de papel. — ¿Y a ella no le molesta que te tenga que compartir? —insiste Constanza, incapaz de dejar el tema. Alexander la mira. Sus ojos son dos pozos oscuros. Constanza parpadea. Sabe que ha cruzado una línea. Levanta las manos en señal de rendición, forzando una sonrisa coqueta. — Está bien, está bien, mi amor. No te enojes. —Se acerca de nuevo, caminando con esa cadencia estudiada de modelo de pasarela—. Mejor... hablemos sobre mi cargo en la empresa, cariño. Tengo unas ideas para la campaña de verano que requieren... un presupuesto mayor. Y quizás un ascenso. «Oh, cariño», piensa Alexander con frialdad absoluta. «Si supieras que a esta hora mañana estarás recogiendo tus cosas en una caja de cartón». Pero Alexander es un hombre pragmático. Faltan horas para el amanecer, y el cuerpo tiene necesidades que la mente desprecia. Decide darle una despedida digna. Una última vez. La toma por la cint^ra, atrayéndola hacia sí. El beso es técnico, experto, pero vacío. La lleva de vuelta a la c@ma no por pasión, sino por inercia. Mientras su cuerpo responde a los estímulos de Constanza, su mente está en otra parte, revisando balances y estrategias de mercado. Una hora después, la puerta del ático se cierra. Constanza se ha ido, con la promesa vaga de "hablar mañana en la oficina" y una sonrisa triunfal que se le borrará pronto. Alexander se encarga de la transferencia mental de la tarea a Damián Rossi. Se queda solo de nuevo. El silencio regresa, reconfortante. Se sirve otra copa, aunque sabe que no debería. Se sienta en el borde de la cama deshecha y, por primera vez en mucho tiempo, la imagen de Lucía Flores cruza su mente con fuerza. Recuerda vagamente sus ojos verdes, grandes y asustados bajo la lluvia. Recuerda su firma temblorosa en el contrato. Sabe que cumple con su parte. Damián le envía informes trimestrales: "La Sra. De la Vega sigue residiendo en la propiedad asignada. Sin incidentes. Gastos dentro de lo normal". Alexander ni siquiera lee los detalles. Solo archiva el hecho de que ella no es un problema. Pero la pregunta de Constanza resuena en su cabeza como un eco molesto: ¿Y a ella no le molesta que te tenga que compartir? Alexander frunce el ceño. En diez años, él ha tenido muchas amantes. Mujeres de paso, transacciones físicas. Asume que Lucía también tiene una vida. Es joven, debe tener treinta y dos años ahora. ¿Tendrá amantes? La idea le provoca una punzada extraña en el estómago. No son celos, se dice a sí mismo. Es territorialidad. Lucía lleva su apellido. Legalmente, es suya. La idea de que otro hombre toque a la mujer que lleva su apellido, aunque sea solo un contrato, le resulta... desagradable. — Ridículo —masculla para sí mismo, terminando el whisky de un trago. Está a punto de apagar la luz, cuando su teléfono personal vibra sobre la mesita de noche. La pantalla se ilumina en la oscuridad. Es un mensaje de su madre, Eleonor. Alexander siente una tensión inmediata. Su madre nunca escribe a las tres de la mañana a menos que sea una catástrofe. Teme lo peor: que el abuelo haya muerto. Que la batalla legal por la herencia comience ya. Desbloquea el teléfono y lee el mensaje. Se queda congelado, con el dedo suspendido sobre la pantalla. [Ven al hospital ahora mismo. Es un milagro. Tu abuelo despertó] ¿Despertó? Después de diez años en coma profundo, los médicos decían que era imposible. Entonces entra un segundo mensaje. [Está preguntando por ti. Y exige conocer a tu esposa. Quiere ver a Lucía. Tráela contigo] Alexander deja caer el teléfono sobre las sábanas de seda. Ma1dice en voz baja. El abuelo ha despertado y lo primero que quiere es inspeccionar el "feliz matrimonio" que aseguró su legado. Tiene que encontrar a Lucía. Y tiene que hacerlo antes de que salga el sol. Alexander marca el número de Damián Rossi. — Damián, despierta. Tenemos un código rojo. Prepara el coche. Vamos a buscar a mi esposa. ... Diez años pueden ser un suspiro o una eternidad, dependiendo de quién lleve la cuenta. Para Lucía Flores, ha sido una década de construcción meticulosa, ladrillo a ladrillo, cicatriz tras cicatriz. Desde la firma de aquel contrato bajo la lluvia, su vida dio un giro de ciento ochenta grados, aunque no hacia la dirección que todos hubieran esperado de la "esposa de un millonario". Alexander cumplió su palabra con la frialdad de un banquero: le asignó una residencia —una casona antigua pero bien mantenida en una zona tranquila de la ciudad— y se hizo cargo de las matrículas universitarias. Cada día primero del mes, una notificación llega al teléfono de Lucía: Depósito recibido. Remitente: Grupo Vega. La suma es exorbitante. Una mensualidad que permitiría a cualquiera vivir sin mover un dedo, viajar por el mundo y comprar ropa de diseñador. Pero el dinero sigue ahí. Intacto. Lucía jamás ha tocado un solo centavo de esa cuenta para gastos personales. Es su pequeña rebelión, su forma de mantener la dignidad. Durante toda la carrera de Veterinaria, Lucía mantuvo sus trabajos de medio tiempo: paseando perros, limpiando mesas en una cafetería nocturna y haciendo guardias en refugios. Se graduó con honores, con ojeras oscuras bajo los ojos y el orgullo intacto. Ahora, la planta baja de la casa que Alexander le cedió se ha transformado en la Clínica Veterinaria Flores. No es un hospital masivo, pero es el mejor del barrio. — ¡Sujétalo bien, Luis! —ordena Lucía, con la voz firme pero tranquila. En la mesa de operaciones, un pastor alemán respira con dificultad. Lucía tiene las manos enguantadas y la mirada fija en el monitor de signos vitales. Luis, su compañero de universidad y ahora colega, ajusta la sujeción del animal. Luis es un hombre bueno, de sonrisa fácil y paciencia infinita. La mira con una admiración que va mucho más allá de lo profesional, algo que todo el mundo nota menos, aparentemente, Lucía. O quizás ella decide no notarlo. La traición de Fernando dejó una marca profunda. Ella no confía en los hombres. Lleva la alianza de oro blanco que Alexander le puso en el dedo hace diez años, no como símbolo de amor, sino como escudo. Ese anillo grita "no disponible" y mantiene a raya a cualquiera que intente acercarse demasiado, incluido Luis. — Pinza —pide ella. La operación es delicada, una torsión gástrica que requiere precisión. Durante una hora, el mundo exterior desaparece. Solo existen ella, el perro y el ritmo constante del monitor cardíaco. Cuando termina la última sutura, Lucía exhala y se deja caer el cubrebocas al cuello. — Buen trabajo, equipo. Ha sido un éxito. Luis le pasa una toalla pequeña para que se seque el sudor de la frente. Sus dedos rozan los de ella por un segundo más de lo necesario. — Eres increíble operando, Lu. Tienes un don. Lucía retira la mano suavemente, rompiendo el contacto. — Es práctica, Luis. Y estudio. Gracias por la asistencia. Sale del quirófano y se encuentra con Alina en la recepción. Alina sigue siendo el torbellino de energía de siempre, la hermana que la vida le regaló. — ¿Cómo salió todo? —pregunta sin levantar la vista. — El perro estará bien. Necesita reposo absoluto. —Lucía se quita la bata quirúrgica y estira los brazos—. Me muero de hambre. ¿Tenemos más citas antes del almuerzo? Alina revisa la pantalla. — Solo un par de baños y cortes de pelo, de eso se encarga el técnico. Pero ojo, Lucía, recuerda que a las tres tienes la visita a la finca Los Álamos. Esos caballos no se van a revisar solos. Lucía asiente, tomando su bolso. — Perfecto. Aprovecharé que queda de camino para pasar por el orfanato. Alina detiene su tecleo y la mira con ternura. — Es increíble cómo pasan los años y tú sigues yendo allí cada semana. Cualquiera pensaría que querrías olvidar ese lugar. — Son mi familia, Alina. Al igual que tú. No puedo darles la espalda. Además... Tengo que ver a mis niños. "Sus niños". Mateo y Sofía, dos mellizos de cinco años que llegaron al orfanato hace seis meses tras un accidente trágico. Tienen los ojos grandes y tristes, y una necesidad de afecto que rompe el corazón de Lucía cada vez que los visita. Ella desea adoptarlos con toda su alma. Ha empezado a averiguar los trámites, pero el sistema es lento y burocrático, y su estado civil —legalmente casada pero viviendo sola— complica las entrevistas con las trabajadoras sociales. — Dales un beso de mi parte —dice Alina—. Y tráeme algo de comer cuando vuelvas, que hoy no me da tiempo ni de respirar. En el orfanato, Lucía se transforma. La doctora seria y eficiente deja paso a una mujer cálida que se sienta en el suelo a jugar con bloques. Mateo se cuelga de su cuello y no la suelta, mientras Sofía le trenza el cabello. Es en esos momentos cuando Lucía siente que la vida tiene sentido. Regresa a casa al anochecer, agotada pero con el corazón lleno. La clínica ya está cerrada. Alina y ella comparten la planta alta de la casa. Es un arreglo cómodo; se hacen compañía y dividen las tareas domésticas. Cenan algo ligero en la cocina, comentando los chismes del barrio y los casos médicos del día. — Luis preguntó por ti tres veces después de que te fuiste —comenta Alina, con una ceja alzada, mientras lava los platos. Lucía rueda los ojos, sirviéndose un té de manzanilla. — Alina, no empieces. — Solo digo que es un buen hombre. Y guapo. Y veterinario. ¿Qué más quieres? Ese anillo que llevas es de utilería, Lucía. Estás casada con un fantasma. Lucía gira el anillo en su dedo, un tic nervioso que ha desarrollado con los años. — Este fantasma me da la paz que necesito. No quiero complicaciones, Alina. Estoy bien así. Mi trabajo, tú, los niños... no necesito un hombre para que me valide o me rompa el corazón de nuevo. ... El Maybach negro circulaba por las calles vacías como una sombra elegante. En el interior, Alexander de la Vega se aflojó el corbatín de seda que llevaba colgado al cuello. Miró por la ventanilla, viendo pasar los edificios residenciales de clase media. — Señor —dijo Damián, rompiendo el silencio desde el asiento del conductor—, ¿no deberíamos ir primero a la clínica a ver a su abuelo? Los médicos dijeron que está estable, pero ansioso. Alexander se pasó una mano por el cabello oscuro, frustrado. — No, Damián. Ya te lo dije. Mi abuelo abrió los ojos, preguntó si seguía casado y, cuando le dijeron que sí, exigió ver a mi esposa. No quiere verme a mí. Al menos, no solo a mí. Quiere ver el "milagro" de mi estabilidad emocional. Quiere a Lucía. Damián asintió, manteniendo la vista en la carretera. — Entiendo. Alexander suspiró, girando el vaso de whisky vacío que aún sostenía. — ¿Qué noticias tienes de ella, Damián? El guardaespaldas lo miró brevemente por el espejo retrovisor. — ¿A qué se refiere, señor? — A qué hace, cómo vive. Hace diez años que no la veo. —Alexander hizo una pausa, buscando en su memoria—. No la recuerdo, Damián. Si me la cruzara ahora mismo en la calle, te juro que no la reconocería. Solo recuerdo que era... pequeña. Y que estaba empapada. Damián carraspeó, incómodo. Él sí recordaba a Lucía. Él había gestionado cada pago, cada matrícula, cada trámite. — Señor, la señora Lucía se comunicó conmigo solo para comunicarme la universidad que había elegido. Solo sé que terminó sus estudios con honores hace bastantes años. — ¿Nunca pidió más dinero? —preguntó Alexander, genuinamente sorprendido. En su mundo, las personas siempre pedían más. Las amantes pedían joyas, los socios pedían porcentajes, los familiares pedían puestos. — Jamás —confirmó Damián—. Nunca pidió un aumento en la mensualidad, nunca pidió un coche nuevo, nunca hizo un escándalo. De hecho, los informes de gastos de la tarjeta de crédito corporativa que le dimos están vacíos. Cero movimientos en diez años. Alexander se quedó en silencio, procesando la información. — ¿Estás seguro? — Completamente. Ella vive de lo que genera, supongo. O es muy austera. Alexander sintió una extraña mezcla de admiración y sospecha. Todas las mujeres que se acercaban a él lo hacían por interés. ¿Qué clase de juego estaba jugando Lucía Flores? ¿O acaso era posible que simplemente no le interesara su fortuna? Intentó reconstruir su rostro en su mente. No era fea. A pesar de haberla conocido en circunstancias deplorables, con el maquillaje corrido y los ojos hinchados, recordaba que tenía una belleza natural, algo salvaje. Unos ojos verdes que brillaban incluso en la oscuridad de aquel coche. — Espero que siga viviendo en la casa que le asigné —murmuró Alexander—. Sería un problema tener que rastrearla por toda la ciudad a las cinco de la mañana. — Sigue ahí, señor. El coche giró en una esquina y se detuvo frente a una casona antigua de dos plantas, con una fachada de piedra y enredaderas que le daban un aire acogedor. Pero había algo diferente. Un cartel de madera elegante colgaba sobre la entrada, iluminado por una luz tenue. Clínica Veterinaria Flores - Urgencias 24h Alexander frunció el ceño. — ¿Qué es esto, Damián? ¿Es una veterinaria? — Sí, señor. — No recordaba que hubiera un negocio en esta casa. —Alexander miró la fachada con desaprobación. Él le había dado una casa para vivir, no para montar un comercio—. ¿Desde cuándo permitió esto la inmobiliaria? Damián apagó el motor y se giró hacia su jefe, con esa paciencia infinita que solo los empleados muy leales poseen. — Señor, ¿recuerda que su esposa quería estudiar Veterinaria? Esa fue su única condición. — Sí, lo recuerdo. Pero de ahí a convertir mi propiedad en un zoológico... — Con todo respeto, señor De la Vega —interrumpió Damián—, las escrituras están a nombre de Lucía Flores desde hace una década. Ella puede hacer lo que quiera con el inmueble. ¿No lo recuerda? Alexander se quedó mudo. Sí, vagamente recordaba haber firmado la cesión para "asegurar el trato". — Bien. Toquemos la puerta. Bajaron del coche. El aire de la madrugada era helado. Alexander se ajustó la chaqueta del esmoquin, sintiéndose ridículo vestido de etiqueta en medio de un barrio residencial silencioso. Damián tocó el timbre. Una, dos, tres veces. Esperaron. Alexander comenzó a impacientarse. Estaba a punto de ordenar a Damián que derribara la puerta cuando se escucharon cerrojos girando. La puerta se abrió. Allí estaba ella. No era la niña asustada de hacía diez años. La mujer que estaba frente a él irradiaba una fuerza tranquila, incluso recién levantada. Llevaba una bata de dormir sencilla, el cabello castaño ligeramente alborotado y la cara lavada. Pero fueron sus ojos verdes los que golpearon a Alexander como un puñetazo físico. Eran intensos, inteligentes y, en ese momento, gélidos. Lucía lo observó de arriba abajo. No hubo un destello de reconocimiento inmediato, o si lo hubo, lo ocultó perfectamente tras una máscara de indiferencia. La expresión de ella no era de agrado. Era la mirada que uno le dedica a un vendedor puerta a puerta inoportuno. Alexander, sintiendo que perdía el control de la situación antes de empezar, decidió usar su mejor arma: el encanto cínico. — A mí también me da gusto volver a verte, querida esposa —dijo, esbozando esa media sonrisa que solía derretir a las socias del club de campo. Lucía no sonrió. Ni siquiera parpadeó. Se cruzó de brazos, cerrando aún más la bata sobre su pech0. — Son las cinco de la mañana —dijo ella con voz ronca. El silencio se estiró, incómodo. — ¿Y bien? —insistió Alexander—. ¿Me dejarás aquí parado frente a la puerta como un extraño? ¿No vas a invitar a pasar a tu esposo a nuestra casa? Lucía alzó una ceja, incrédula ante la audacia. — ¿Nuestra casa? —repitió, remarcando la palabra con ironía—. Creo que los papeles dicen otra cosa, Alexander. Esta es mi casa. Y es mi clínica. Justo en ese momento, una figura apareció detrás de Lucía en el pasillo. Alina, con el pelo revuelto y cara de susto, asomó la cabeza. — Lucía, ¿cuál es la emergencia? Ya tengo la anestesia... —Alina se detuvo al ver que no había ningún perro agonizando, sino dos hombres vestidos de negro en el porche. Lucía se giró medio segundo hacia su amiga. — Vuelve a la cama, Alina. No hay ninguna emergencia con ninguna mascota. Es solo... una visita administrativa. Alina miró de arriba abajo al hombre de la puerta. A pesar de la hora y el desaliño, Alexander de la Vega era objetivamente un hombre muy apuesto, con esa belleza aristocrática y peligrosa. — ¿Este quién es? —preguntó Alina, sin filtro. Alexander dio un paso adelante, ignorando la barrera invisible que Lucía había puesto. — Su esposo —respondió él con voz firme, extendiendo la mano hacia la amiga—. Alexander de la Vega. Mucho gusto. Alina abrió la boca y la cerró varias veces, como un pez fuera del agua. Miró a Lucía, luego a Alexander, y luego a Lucía de nuevo. — ¿El esposo? ¿El fantasma? ¿El del contrato? —balbuceó. — El mismo —confirmó Alexander. Alina no pudo reaccionar. La realidad de que ese hombre existía y estaba allí, en su sala de estar, era demasiado para procesar sin café. — Yo... eh... voy a ver si cerré bien la jaula de los gatos —dijo, y se retiró casi corriendo hacia la cocina, dejando a la pareja sola. Alexander volvió su mirada gris hacia Lucía. — Asustaste a mi amiga —le reprochó ella—. Y sigues invadiendo mi propiedad. — ¿Entonces me dejarás pasar o tendremos esta conversación en la acera para que te escuchen los vecinos? Lucía suspiró, derrotada por la lógica. Se hizo a un lado. — Pasa. Pero rápido. Alexander entró. El interior era cálido, olía a madera y a limpio, muy diferente al ambiente estéril de su propio ático. — ¿Qué haces aquí? —preguntó Lucía, cerrando la puerta y apoyándose en ella, como si necesitara un soporte—. No has venido en diez años. Dudo que sea una visita de cortesía. — Vine a buscarte —dijo él, yendo al grano—. Mi abuelo despertó del coma hace unas horas. Los ojos de Lucía se abrieron un poco más. Recordaba al anciano Augusto, la razón de todo este teatro. — ¿Despertó? Eso es... increíble. Los médicos decían que era imposible. — Lo es. Es un hombre terco. Y lo primero que hizo fue exigir conocerte. Lucía miró el reloj de pared. — Alexander, son las cinco de la mañana. — Se despertó a las tres, ¿qué puedo hacer? Cuando el viejo Augusto pide algo, el mundo se detiene. Y ahora está pidiendo a su nieta política. — ¿Y qué esperas de mí? —preguntó Lucía, aunque ya temía la respuesta. — Que me acompañes. Voy a esperar unos minutos a que te cambies y vamos al hospital. Tienes que conocerlo. Hoy. Ahora. Lucía negó con la cabeza, pasándose una mano por la frente. — No. No puedo ir así sin más. Tengo una agenda, Alexander. Tengo pacientes citados para cirugía a las ocho, tengo revisiones... No soy una muñeca que puedes sacar de la caja cuando te conviene. Alexander se acercó a ella. Su presencia era abrumadora. — Nada de eso importa hoy. Cancela todo. —Su voz no era una petición, era una orden—. Sabías que tarde o temprano sucedería esto, Lucía. Firmaste un contrato. Cláusula catorce: disponibilidad ante eventos familiares mayores. Ella apretó los labios. Odiaba que tuviera razón. — Me alisto y bajo —dijo ella secamente, apartándose de él con brusquedad. Subió las escaleras sintiendo la mirada de él en su espalda. En su habitación, Lucía se quedó parada frente al armario un minuto entero, respirando hondo para no gritar. «Es solo un trámite. Vas, sonríes, le das la mano al viejo y vuelves a tu vida». No sabía qué debía colocarse para ir a conocer a la familia de un multimillonario a las cinco de la mañana. No sabía nada de los gustos de Alexander, ni de lo que se esperaba de ella. ¿Debía ir de gala? Ridículo. ¿De vaqueros? Irrespetuoso. Finalmente, optó por la neutralidad. Sacó un traje de lino color crema: pantalón ancho y un blazer entallado sobre una blusa de seda blanca. Era profesional, elegante y discreto. Se cepilló el cabello dejándolo suelto, se lavó la cara y aplicó un maquillaje mínimo para ocultar las ojeras. Cuando bajó, Alexander estaba de pie junto a la chimenea apagada, mirando una foto enmarcada de Lucía con un perro que parecía reírse. Al escuchar sus pasos, él se giró. Sus ojos grises se iluminaron con algo parecido a la aprobación. — Adecuado —dijo él. — Es lo mejor que vas a conseguir a esta hora —respondió ella, tomando su bolso. — Espera. —Alexander metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta—. Tengo algo para ti. Algo que nunca te di y que será necesario si vamos a ver a mi abuelo. Sacó una pequeña cajita de terciopelo rojo. — ¿Qué es esto? — Ábrelo. Lucía tomó la caja y levantó la tapa. Dentro, descansando sobre la tela blanca, había un anillo impresionante. Un diamante solitario de corte esmeralda, enorme y puro, rodeado de pequeños brillantes. Era una joya que costaba más que toda la clínica veterinaria. Lucía miró su mano izquierda, donde llevaba la sencilla alianza de oro blanco que él le había puesto el día de la boda "express". — Póntelo —ordenó Alexander—. Es tuyo. Debería habértelo dado hace diez años, pero... las circunstancias no eran las ideales. Mi abuelo no creerá que somos un matrimonio feliz si llevas solo esa banda de metal simple. Necesitas lucir como la esposa de un De la Vega. Lucía sacó el anillo. El metal estaba frío. Se quitó la alianza, deslizó el diamante en su dedo anular —le quedaba perfecto, maldito Damián y su eficiencia— y luego volvió a colocar la alianza para asegurarlo. La joya pesaba. Pesaba como una cadena. — Listo —dijo ella, levantando la mano para que él la viera. El diamante destelló bajo la luz de la lámpara—. ¿Ya parezco una esposa trofeo? Alexander ignoró el sarcasmo, pero se acercó a ella, tomándola del codo con una familiaridad que no se habían ganado. — Pareces mi esposa. Eso es suficiente. Vamos, Lucía. La función está a punto de empezar. El Maybach se detuvo suavemente frente a la entrada privada del Hospital Universitario Central. El motor se apagó, devolviendo a Alexander al presente. Miró a la mujer sentada a su lado. Lucía miraba por la ventana con la mandíbula apretada, girando inconscientemente el enorme anillo de diamantes que él le había obligado a ponerse hacía veinte minutos. Diez años de mentiras. Diez años de mantener a raya a su familia con la excusa de "respetar la voluntad del abuelo". Rodrigo había intentado impugnar el matrimonio mil veces, pero los papeles eran sólidos y Alexander había blindado la identidad de Lucía con celo paranoico. Pero el día había llegado. El viejo Augusto había abierto los ojos. El juez supremo estaba listo para dictar sentencia. — Llegamos —anunció Damián, abriendo la puerta trasera y dejando entrar el frío de la mañana. Alexander sintió una punzada de nerviosismo que no experimentaba desde aquella reunión en la sala de juntas. Se giró hacia Lucía. — Escúchame bien —le dijo en voz baja, antes de salir—. Ahí dentro hay tiburones. Mi tío, mi primo Rodrigo... todos querrán ver que esto es una farsa. Si dudas, si titubeas, nos destruirán a los dos. Lucía se giró lentamente y lo miró con esos ojos verdes que ahora parecían hechos de cristal cortado. — Tú te preocupas por tu dinero, Alexander. Yo me preocupo por acabar con esto para poder volver a mis pacientes. No te preocupes por mí. Preocúpate de que tú puedas seguirme el ritmo. Ella salió del coche primero, ignorando la mano que Damián le ofrecía. Alexander la observó caminar hacia la entrada del hospital con la cabeza alta y el paso firme. Su traje de lino impecable y el diamante en su mano gritaban poder y clase. Alexander sonrió para sus adentros, ajustándose la chaqueta. Quizás, solo quizás, la suerte seguía de su lado. La sala de espera VIP del Hospital Universitario Central parecía más un funeral anticipado que una reunión familiar. Rodrigo De la Vega, el primo perfecto, estaba sentado con una postura impecable, rodeado de su propia estampa de éxito: su esposa, una mujer de sociedad con sonrisa ensayada, y sus dos hijos casi adolescentes, que miraban sus teléfonos aburridos. Rodrigo tamborileaba los dedos sobre el reposabrazos de cuero, impaciente. Su mirada recorría el pasillo cada vez que se abrían las puertas del ascensor. En el sofá contiguo, Eleonor y Ricardo, los padres de Alexander, susurraban entre ellos. Eleonor se retorcía un pañuelo de seda entre las manos. Durante una década, su hijo les había prohibido conocer a su esposa bajo el pretexto de respetar los deseos del abuelo y proteger su privacidad. Pero la mente de una madre, alimentada por los rumores de la alta sociedad, había tejido sus propias teorías oscuras. «Seguro es una mujer de la calle», pensaba Eleonor, con el estómago revuelto. «Una cazafortunas vulgar que aceptó casarse por dinero y a la que Alexander mantiene escondida por vergüenza». El abuelo Augusto no había querido recibir a nadie. Ni a sus hijos, ni a sus otros nietos. Desde que despertó, con esa lucidez aterradora que siempre lo caracterizó, solo tuvo una exigencia: ver a Alexander y a su esposa. Las puertas del ascensor privado se abrieron con un tintineo suave. Todas las cabezas se giraron al unísono. Alexander salió primero, ajustándose los puños de la camisa, irradiando esa arrogancia natural que solía usar como armadura. Y a su lado, caminando con una elegancia serena que nadie esperaba, iba ella. Lucía sintió docenas de ojos clavándose en su piel como agujas. Sintió el juicio, la envidia y la curiosidad mórbida de esa gente. Por dentro, su estómago era un nudo de nervios, y sus manos temblaban ligeramente, pero las mantuvo firmes sujetando su bolso. Ya no era la niña de veintidós años que lloraba bajo la lluvia porque un hombre la había desechado. Tenía treinta y dos años. Era veterinaria. Había salvado vidas, había negociado con proveedores difíciles y había construido su propio camino. Alexander tenía razón: estaban entrando en un estanque de tiburones. Pero los tiburones no atacan si no huelen sangre. Lucía alzó la barbilla, mostrando el cuello, y avanzó. — Buenos días a todos —saludó Alexander, con un tono casual que rozaba la insolencia. Se detuvo en el centro de la sala, poniendo una mano posesiva pero protectora en la espalda baja de Lucía—. Familia, les presento, por fin, a Lucía De la Vega. Mi esposa. El silencio se rompió con el sonido de las respiraciones contenidas. Rodrigo se puso de pie lentamente. Sus ojos recorrieron a Lucía de arriba abajo, buscando la grieta, el defecto, la vulgaridad. Pero se encontró con una mujer vestida con un traje de lino impecable, sin joyas ostentosas salvo el anillo de compromiso que destellaba en su mano. Era objetivamente bella. Muy bella. — Vaya —dijo Rodrigo, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. El misterio ha sido revelado. Es un placer, cuñada. Empezábamos a creer que eras un mito urbano. — El placer es mío —respondió Lucía, con voz calmada y educada—. Alexander me ha hablado mucho de ti, Rodrigo. Era mentira, por supuesto. Alexander no le había hablado de nadie. Pero era lo que una esposa educada diría. Rodrigo soltó una risa corta. — Claro. Me imagino. Alexander jamás se casaría con una mujer fea, eso está claro. Aunque me sorprende que te haya mantenido oculta tanto tiempo. ¿Timidez? — Privacidad —cortó Alexander secamente—. Vamos, Lucía. El abuelo nos espera y odia la impuntualidad. Sin esperar respuesta, Alexander guía a Lucía hacia la puerta de la habitación 405, dejando a su familia con la palabra en la boca y la curiosidad ardiendo en las venas. — Lo hiciste bien —le susurró él antes de abrir la puerta. Entraron. La habitación era una suite de lujo, llena de aparatos médicos que pitaban suavemente. En la cama, incorporado y con una vía intravenosa en el brazo, estaba Augusto De la Vega. A pesar de la palidez y de los años perdidos en la oscuridad del coma, sus ojos grises —idénticos a los de Alexander— conservaban un brillo feroz. — Alexander —gruñó el anciano, su voz era rasposa pero firme—. Al fin llegaste. ¿Es que no tienes reloj? ¿No tienes teléfono? ¿O es que esperabas a que me muriera de verdad para venir? Alexander sonrió, acercándose a la cama. — Abuelo, qué alegría verte despierto. Y sigues tan cascarrabias como siempre. Eso es buena señal. Augusto agitó la mano, desestimando el saludo de su nieto como si fuera una mosca molesta. — Cállate, muchacho. Córrete. Quiero ver a mi nieta. Alexander se hizo a un lado, revelando a Lucía. Ella dio un paso adelante, acercándose a la cama con respeto, pero sin miedo. Había tratado con la muerte y el dolor muchas veces en su clínica; los hospitales no la intimidaban. — Buenos días, señor De la Vega —dijo ella con suavidad—. Me alegro mucho de que vuelva a estar con nosotros. Y lo decía en serio. Había una sinceridad en su tono que desarmó al anciano. Augusto la estudió durante unos segundos eternos. Buscaba falsedad, adulación, miedo. No encontró nada de eso. — Ven aquí, querida —ordenó él, palmeando el borde del colchón—. Quiero verte más de cerca. Mis ojos ya no son lo que eran. Lucía se sentó en el borde de la cama. Alexander se quedó de pie, unos pasos atrás. Si el abuelo empezaba a interrogarlo sobre detalles íntimos de su vida conyugal, cometería un error en cuestión de segundos. No tenía ni idea de qué color era el cepillo de dientes de su mujer, ni si tomaba café o té. Augusto ignoró a su nieto y clavó su mirada en Lucía. — Dime, niña. ¿Cómo te trata este muchacho? Cuéntame. A mí me puedes decir la verdad. Si te ha hecho infeliz, si es un sinvergüenza... dímelo. Tengo el poder de desheredarlo en un segundo. Alexander contuvo el aliento. Lucía miró al anciano, luego miró de reojo a Alexander, y volvió a centrarse en Augusto. — No tengo ninguna queja de él, señor. Augusto entrecerró los ojos. — No te creo. Conozco muy bien a mi nieto. Es un De la Vega. Somos egoístas, tercos y difíciles. ¿Me vas a decir que en diez años no te ha dado motivos para quejarte? — Le soy honesta, señor —dijo Lucía, eligiendo sus palabras con cuidado—. Alexander ha cumplido cada una de sus promesas. Cuando nos casamos, solo le pedí una cosa: que me permitiera estudiar, que respetara mi sueño y mi espacio. Y así lo hizo. Me apoyó al cien por ciento. Nunca cortó mis alas. Augusto pareció sorprendido. Esperaba escuchar sobre viajes a París o joyas, no sobre "espacio" y "estudios". — ¿Ah, sí? ¿Y cuál era ese sueño, se puede saber? Lucía se enderezó, y un brillo de orgullo profesional iluminó su rostro. — Soy veterinaria, señor. Médica cirujana veterinaria. Administro mi propia clínica de alta complejidad. Es más —miró su reloj—, le pido disculpas de antemano si parezco apresurada, pero dentro de tres horas tengo una cirugía de columna muy importante que no puedo delegar. El abuelo alzó las cejas, impresionado. — ¿Trabajas? — Por supuesto. — ¿Siendo la esposa de un multimillonario? —insistió Augusto, probándola. — Estudié para poder ejercer mi profesión, no para colgar el título en la pared —respondió Lucía con firmeza—. El dinero de Alexander es de Alexander. Mi trabajo es mío. Alexander parpadeó desde su rincón. «Bien jugado, Lucía», pensó. Ni él recordaba que ella le había pedido apoyo explícito para los estudios, solo recordaba firmar los cheques. — Me gustaría conocer esa clínica de ustedes —dijo el abuelo, enfatizando el plural, mirando a Alexander. — Mmm... la clínica es mía —corrigió Lucía suavemente, pero marcando el territorio. El abuelo movió la cabeza, buscando la mirada de su nieto. — ¿Tuya? — Es totalmente de ella, abuelo —intervino Alexander, metiendo las manos en los bolsillos—. Yo no tengo nada que ver ahí. Solo puse el... capital inicial hace años. La gestión es suya. — Eso es obvio —bufó Augusto—. ¿Qué harías tú en una clínica veterinaria? Nunca has tenido ni un perro. Odiabas que te mancharan los trajes. El anciano volvió a mirar a Lucía y, por primera vez, sonrió. Una sonrisa ladina, de aprobación. — Me agradas, niña. Tienes carácter. No eres un adorno. Eso es bueno. Esta familia necesita sangre nueva que no tenga miedo a trabajar. Augusto se recostó en las almohadas, pareciendo repentinamente cansado, pero con la mente maquinando a mil por hora. Había notado la distancia física entre ellos. Había notado que Alexander no sabía nada de la cirugía de ella. Había notado la "gestión separada". — Bien. He visto suficiente por ahora. — Deberías descansar, abuelo —dijo Alexander, aliviado de que la entrevista hubiera terminado sin desastres. — Descansaré —dijo Augusto—. Pero esta noche quiero celebrar. — ¿Celebrar? —preguntó Lucía. — Sí. Cenaremos todos juntos —sentenció el patriarca con voz de mando—. Ve a tu cirugía, querida. Salva a ese perro. Pero nos veremos esta noche en la casa. Alexander frunció el ceño. — Abuelo, estás en el hospital. No creo que los médicos... — Soy el dueño de este hospital —lo cortó Augusto—. Si digo que me voy a mi casa, me voy a mi casa. He estado diez años en esta cama. No pienso pasar ni una noche más aquí. A las ocho. En la Mansión. Quiero verlos a los dos allí. Lucía y Alexander intercambiaron una mirada rápida de pánico. — Por supuesto, señor. Ahí estaremos —dijo Lucía, poniéndose de pie. Salieron de la habitación con el corazón en la boca. El pasillo estaba vacío. La familia se había dispersado, probablemente para cotillear y planear su siguiente movimiento. Alexander caminó rápido hasta el ascensor y presionó el botón con fuerza. — ¿Qué quiere decir con "nos vemos en la cena en la casa"? —susurró Lucía, sintiendo que el aire le faltaba. — Quiere decir que acabamos de meternos en un problema muy grave —respondió Alexander, pasándose la mano por el pelo—. Mi abuelo cree que vivimos todos juntos en la Mansión De la Vega. Él asume que tú vives conmigo allí, en el ala principal. — ¿La Mansión? —Lucía abrió los ojos desmesuradamente—. ¿Esa cosa enorme que parece un museo en las colinas? Yo no… Antes de que Lucía pudiera terminar de hablar, Alexander la agarró de la muñeca. —Ahora… esta farsa tenía que realizarse en la cama.
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